lunes, 26 de diciembre de 2011

Te digo más... Roberto Fontanarrosa

  



                ¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo por decirlo de otra manera.
                Porque decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel. ¿Quién le dio chapa al Papá Noel? Un tipo vestido como para ir a la nieve, abrigado como para ir a la Antártida, en un trineo tirado por renos. ¡Renos, mi querido! ¿Cuándo cuernos viste un reno? ¿Alguna vez te fuiste a Buenos Aires en auto y viste al costado del camino un reno morfando pasto debajo de un árbol?
                Ni siquiera en el sur, donde hace frío y a veces nieva encontrás un reno ni queriendo. Un reno o un ciervo, un alce, o como se llamen esos bichos que tiran el trineo de Papá Noel. De pedo si los ves alguna vez en alguno de esos documentales que pasan en la televisión.
                Te digo más, cuando yo era chico, Papá Noel ni figuraba, no existía Papá Noel. Era el Niño Dios el de los regalos. Siempre de chicos en casa hacíamos el pesebre pero con el Niñito Dios.
                Claro, vos me dirás, también... ¿Qué tienen que ver con nosotros los Reyes Magos y los camellos y toda esa historia? Está bien, de acuerdo, lo reconozco...
                Pero eso viene de mucho antes, viene de siempre. Si es por eso nosotros, es verdad, no inventamos nada, todo lo trajeron los españoles.
                Si fuéramos coherentes tendríamos que celebrar alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar en pelotas bajo la luna y esas cosas, pero...
                Pero el apellido tuyo es turco y el mío italiano o sea que mucho que ver con los mapuches tampoco tenemos y entonces admitamos que hay muchas cosas, casi todas, que nos han impuesto.
                Pero te digo que esto de Papá Noel es algo reciente, viejo, que trajeron una vez más los yankis para vendernos sus cosas.
                Como Halloween ¿vos podés creer? ¿Vos podés creer que estén tratando de imponer Halloween y nosotros compremos ese paquete? Porque, llegado el caso, que ellos traten de vendernos sus costumbres, está bien, es el negocio de ellos, defienden su guita después de todo.
                Te digo más, si algún mercachifle de acá, que tiene un salón de ventas como tiene la santa de mi hermana, el día de mañana empieza a vender esas calabazas para que los pibes celebren Halloween y así hacerse un mango y poder para la olla a fin de mes, bueno, está bien, lo comprendo, qué le vamos a hacer, hay que morfar.
                Pero te cuento, no quiero caer en la misma de siempre, eso de que todas las comidas de navidad y Año Nuevo son comidas para los climas árticos, llenas de frutas secas, pavos rellenos, comidas más pesadas... lógicas para esos países donde se mueren de frío.
                Siempre repetimos lo mismo y es al pedo, eso ya está dado así y está impuesto. Tampoco pretendo que para Navidad aparezca un tío o abuelo disfrazado de Patoruzú a repartir los regalos porque quedaría ridículo.
                Pero el pobre Gordo casi la palma con esa historia... ¿No te conté la del Gordo Luis? Porque se la cuento a todos. Fue hace como quince años. El Gordo estaba en la lona total.
                Pero en la lona lona, no tenía un mango partido por la mitad. Lo habían despedido de la proveeduría donde laburaba y lo ponías cabeza abajo y no le caía una moneda.
                Para colmo, se venían las fiestas y algo había que comprar para poner arriba de la mesa el 24 a la noche. El Gordo tiene dos pibes que eran muy chiquitos en ese entonces y  a esa edad no les vas a andar explicando el fato del Fondo Monetario Internacional, la tecnología que reemplaza a los trabajadores y todas esas cosas.
                La cuestión es que empezó a buscar laburo, alguna changa, cualquier cosa, trabajar de lo que fuera. Primero empezó por su barrio, con los amigos y conocidos, ahí por Mendoza al fondo. Ya después entró a andar por cualquier lado para conseguir algo.
                Y resulta que en el barrio Echesortu, una vieja que tenía una casa bastante grande de electrodomésticos le ofrece disfrazarse de Papá Noel y repartir caramelos a los chicos en la puerta para promocionar el negocio. Lo de siempre. Le tiraba unos mangos, por supuesto, que al Gordo le venían bastante bien. Y ahí fue el Luis, che.
                Ahora, imaginate la escena, porque estamos hablando de Rosario, Capital de los Cereales, ubicada a orillas del anchuroso Río Paraná.
                El Gordo Luis, tenés que pensar en un tipo arriba de los cien kilos, fácil fácil debe andar por los 120 porque es alto, grandote, Luis.
                Y te digo que resultaba perfecto para papá Noel porque el Luis es más bueno que Lassie, nunca lo he visto enojado al Gordo, es un pan de Dios.
                Pero tenés que tener en cuenta una cosa, ineludible. Rosario... pleno pleno verano... mediodía, un sol de la madre que lo reparió, algo así como 38 grados a la sombra, y ese gordo metido adentro de un traje de Papá Noel con una tela tipo felpa así de gruesa, así de gruesa, no te miento, gorro, barba de algodón, bigotes, botas y guantes. ¡Guantes! Porque la vieja era una vieja hinchapelotas, conservadora, que quería que el Gordo se pareciera exactamente a Papá Noel y que se vistiera todo como correspondía, el pobre Gordo.
                Pero vuelvo al tema. Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en baranda y se desnucaban contra la vereda... Y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo.
                A los quince minutos, a los quince minutos, te juro, el traje del Gordo ya no era colorado... era violeta, violeta era por la transpiración a chorros que largaba el Gordo.
                Me contaba después –porque todo esto me lo contó él mismo- que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate.
                Te digo que ya era un espectáculo grotesco, lamentable, pero Luis le seguía metiendo voluntad, le ponía ganas, caminaba de un lado al otro, se reía, llamaba a los chicos, hablaba en voz alta, hasta creo que disfrutaba, incluso, de ser un centro de atención para la zona.
                En eso, una vecina, una vieja de esas que nunca faltan, que están al reverendo pedo como bocina de avión, que vivía a unas dos puertas del negocio de electrodomésticos, sale a la puerta y lo ve al Gordo. O escuchó el griterío y salió a ver qué pasaba. Lo ve al Gordo y se apiada de él... ¿Viste? Esas viejas comedidas, bienintencionadas, chuecas, que caminan medio encorvadas, que les cuesta moverse pero que rompen las pelotas permanentemente, un cuete la vieja.
                Se manda para adentro de nuevo la vieja, flaquita, ¿viste? Bajita, canosa con un rodete y aparece al rato con una jarra así de grande, pero así de grande, con un líquido amarillento que parecía limonada, lleno de hielo. Transpiraba de fría la jarra. Y se la ofrece al Gordo.
                El Gordo medio le dice que no, que no se hubiera molestado, que no puede desatender su trabajo, pero, en definitiva, la acepta, lógicamente. Además, los del negocio de electrodomésticos no le habían alcanzado ni un vaso de agua al Gordo. Después hablan de los norteamericanos. Nosotros somos tan hijos de buena madre como ellos para explotar a la gente. Si acá hubiera negros los tendríamos laburando en el Chaco con el algodón. ¡Al pobre Luis que se estaba deshidratando como un chancho y que le picaba todo y que andaba como mono con tricota el desgraciado, no le habían dado ni agua! Lo que pasaba también es que a esa hora había quedado un solo encargado en el negocio.
                La vieja que contrató a Luis no había venido. El dueño del boliche, esposo de la vieja que contrató a Luis, tenía como cinco negocios por otras partes de la ciudad y andaba de recorrida; y el otro empleado que laburaba ahí se había quedado en el fondo del local, rascándose debajo del único ventilador de techo que tenían esos miserables.
                La cuestión es que la vecina saca un banquito chiquito a la calle, lo deja al lado de la puerta de su casa, medio sobre el umbral para que no le diera el sol directo, le dice a Luis “Aquí se lo dejo”, y ahí se lo deja.
                Cuando el Gordo pudo zafar un poco del piberío, te imaginás que con ese calor llegó un momento en que había mucha menos gente en la calle, se prendió a la limonada y se bajó media jarra de un saque. Pero resulta que no era limonada. Era vino blanco. La vieja le había zampado en la jarra un par de botellas de vino blanco, le había metido hielo a rolete y se lo había dejado ahí, con la mejor de las intenciones.
                El Gordo, con la desesperación, con el calor que tenía en el cuerpo, recién se dio cuenta cuando ya se había mandado más de catorce litros sin respirar, de un saque. Y, aparte, seamos sinceros,  cuando ya se dio cuenta, no pudo parar. Te estoy hablando de un muchacho de 120 kilos después de estar moviéndose casi tres horas a pleno sol con 4000 grados de temperatura. No pudo parar. Se mandó todo el vino blanco de una, fondo blanco.
                Bueno... te imaginarás... te imaginarás el pedo tísico que se levantó ese muchacho. Una curda inmediata y espantosa, demencial, una curda como para trescientas personas
                Casi no había desayunado, estaba sin almorzar, no había morfado ni tan siquiera un pancho con una coca y se manda casi dos litros de vino blanco bien helado.
                Para colmo el Gordo no era un tipo que tomara mucho alcohol, al menos que yo recuerde. Un poco de vino, con la cena, nada más. Alguna copita de sidra. O a veces, en los bailes, alguno de esos tragos maricones con el gin-tonic, pero con mucha más agua tónica que otra cosa.
                No te digo que empezó a cantar boludeces, ni a caminar torcido, ni a vomitar contra las paredes ni nada de eso. Pero entró a regalar todo lo que tenía a su alcance, se le dio por la beneficencia, le dio un ataque de comunismo acelerado. Primero terminó en cinco minutos con la existencia de caramelos y chocolatines que tenía para toda la tarde... ¡Y después empezó a regalar los electrodomésticos! Empezó regalándole una tostadora eléctrica a uno. Después regaló un ventilador a la madre de otro de los pibes, siguió con multiprocesadoras, veladores, hornos a microondas... Llamaba a la gente a los gritos, entraba al negocio y les daba algo, repartía, entregaba todo.
                Y el empleado que se rascaba adentro del negocio ni se dio cuenta, debía estar en el fondo, en una oficinita que estaba detrás, arreglando papeles, o apoliyando una siesta mientras esperaba que se hiciera la hora en que el patrón llegaba.
                Lo cierto es que, te imaginás, a los quince minutos, en la puerta del negocio había un mundo de gente, que venía de todas partes alertada por los otros que ya habían ligado algo de arribeño, por la mamúa del Gordo.
                La gente pensaba que era una promoción del negocio o, en todo caso, se hacía la turra, cazaba los artefactos, se los llevaba y a otra cosa mariposa, si te he visto no me acuerdo, andá a cantarle a Gardel.
                Tremendo quilombo frente a la puerta del negocio, una multitud amontonada allí, ya no sólo chicos te cuento. Chicos, grandes, medianos, jovatos, familias enteras tratando de aprovechar la generosidad de Luis.
                En eso aparece el dueño del boliche, un pelado con cara de amargo que llegó en su auto, un coche nuevo. Y cuando el tipo se dio cuenta de lo que estaba pasando se puso loco. Entró a gritar, a arrebatarle las cosas a la gente, a recuperar licuadoras, televisores, radios, que la gente se llevaba. A los gritos ese hombre, desesperado, tironeando con los beneficiarios.
                Ante el despelote se despertó el empleado de adentro y salió a ayudarlo al pelado. Había tironeos, forcejeos, agarrones, hasta voló algún puñete. Y en eso llegó la cana, un patrullero que andaba de ronda.
                En el despelote, cuando medio se enteró de cómo había venido la mano por lo que contaban los que se piraban con las licuadoras y todo eso, que gritaba que Papá Noel se las regalaba, el pelado les indicó a los policías que lo metieran en cana al Gordo, responsable de todo ese quilombo.
                Y bien dice el Martín Fierro, que no hay nada como el peligro para refrescar a un mamado. Ahí el Gordo se despejó, se dio cuenta, volvió a la realidad, se esclareció el Gordo.
                Pero te conté que es un tipo manso, un tipo tranquilo, no se iba a poner a resistirse o a echarle la culpa a nadie. Supo que tenía la culpa y, entonces, todavía medio tambaleante, bajó la sabiola, se fue para adentro del negocio para cambiarse la ropa en el baño y meterse, derecho viejo, solito, sin que nadie le dijera nada, adentro del patrullero.
                Afuera seguía el despiole entre el pelado, su empleado, la gente y los canas que ahora también se habían unido a la tarea de recuperar todo lo que había regalado el Gordo.
                El Gordo fue el baño, se mojó la cara, cosa que terminó de despejarlo, se sacó esas pilchas de Papá Noel, se puso la ropa que había llevado él en un bolsito y salió de nuevo para la calle.
                Cuando salía para la calle –el negocio es bastante largo- lo ve venir al dueño con uno de los canas, desencajado el pelado, a las puteadas, buscándolo.
                Claro, lo ve al Gordo sin el traje colorado, de camisita celeste y pantalones vaqueros, un bolso en la mano, pelo negro achatado por el agua de la canilla, y no lo reconoce. No lo reconoce porque tampoco era él quien lo había contratado sino su esposa. “¿Adónde está? ¿Adónde está?”, me contaba el Gordo que preguntaba el pelado. Y el Gordo pensó que se refería al traje de Papá Noel que él se había sacado.
                Yo no sé si el Gordo lo entendió así, seguía en curda o se hizo bien el gil, la cosa es que señaló hacia el baño y el pelado y el policía se mandaron para allí. Cuando el Gordo salió a la calle todavía había  un amontonamiento de gente y el otro empleado discutía con medio mundo reclamando facturas o recibos de compra.
                Nadie lo reconoció entonces al Gordo, sin el disfraz. Incluso, de última, el otro policía del patrullero, que se había quedado afuera, lo encara al Gordo cuando el Gordo ya se piraba y el Gordo piensa “Cagamos”.
                Y el cana le pregunta: “¿Ese bolso es suyo?”. El Gordo me contó que él le iba a decir la verdad, que sí, que era suyo. Pero tuvo miedo de que el cana  le hiciera más preguntas o que se lo hiciera abrir y le dijo: “No, lo vengo a devolver”. Y se lo entregó, un bolso barato que después de todo a él no le servía.
                Casi termina preso el Gordo, mirá vos. Zafó porque la vieja que lo contrató tampoco sabía ni cómo se llamaba, ni adónde vivía. Era un contrato basura pero realmente basura el del pobre Gordo. Por tener que disfrazarse de Papá Noel con esos vestidos de invierno, podés creer. Que los argentinos nos tengamos que vestir con ropa de abrigo en pleno verano porque a los yankis se les ocurrió que Santa Claus vende más que el Niñito Dios.
                Eso le decía yo al Gordo, después, en el club. “El año que viene ofrecete para algún pesebre viviente, Gordo.” “De lo único que puedo hacer yo en un pesebre viviente es de vaca, Zurdo –me decía el Gordo-. De vaca”.
                Pero por lo menos es un animal conocido, ¿no es cierto? Un bicho familiar al paisaje, el rumiante emblemático de la pampa, base de la riqueza de nuestro país. Algo nuestro... ¡Qué me vienen con que a los chicos les gusta Papá Noel, el trineo y los alces esos! Ya bastante que el otro día les compré a mis pibes un conejo, un conejo de verdad, que es terriblemente pelotudo y lo único que hace es comer lechuga y cagarnos todo el patio. Y si me insisten con esas cosas inventadas por los yankis que se vayan a vivir a Cincinnati!
                Que a mí no me dicen el Zurdo porque sí nomás, querido, me lo dicen por tener una formación doctrinaria... ¡Pobre Gordo! Estuvo a punto de convertirse en una nueva víctima del capitalismo salvaje.







Mamá


A mamá hace un tiempo atrás se le empezó a hinchar la cara debajo de la oreja izquierda; parecía uno de sus tantos males hipocondríacos a los que nos somete desde hace bastante tiempo. Pasaron pocos días hasta que nos dimos cuenta que no era un invento hipocondríaco y que aquella hinchazón crecía en forma alarmante. Y ya no era solo la inflamación, sino el dolor creciente.Pasó por varios sanatorios y sus respectivas hipótesis del tema, hasta que en un hospital público la tomaron en serio. Le hicieron vagones de análisis y la trataron increíblemente bien. De allí surgió la posibilidad;aún esperamos los estudios finales, que tenga algún tipo de cáncer. Esta información la tengo yo hoy, como algo encriptado, pues Eli ;mi compañera, habló con los médicos, y al ser una colega, le brindaron información especializada. Realmente es algún tipo de cáncer, y me siento vulnerable, triste, ahogado y sin demasiadas armas para combatir el dolor.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Helado de Tonto



 Frenesí de indómitas sensaciones, afuera está helado y me cubre.
Soy helado de tonto; nadie quiere tomarme por miedo al contagio. pero es cuestión de tiempo,como los sabores:" Crema del cielo y Pistacho" , a la larga siempre hay alguien interesado en experimentar el nuevo sabor.

miércoles, 20 de julio de 2011

Free Jazz

Que tan free es el free jazz?
Cuando apenas empecé a entender levemente el jazz, me hablaron del free jazz y me cagaron la vida.
 Una banda de free jazz,ensaya? un tema de free jazz, tiene principio y fin?
Con mi pequeña y pauperrima experiencia en el mundo del jazz, aprendí de los que saben que el corpus, la esencia misma del jazz tiene su punto central en la improvisacion, ahora si a este concepto lo liberamos mas y le agregamos la palabra "free",en teoria debería ser un despelote. En si la improvisacion es "free",entonces el free jazz es free al cuadrado?
Como sabemos, aún la libertad tiene sus limitaciones. La libertad sin unos acuerdos previos podría terminar en caos absoluto. Esto creo que lo sabemos todos, en el terreno humano, el concepto de libertad tiene condicionamientos. Llamamos libertad a la capacidad de vivir nuestra vida a gusto sin que nada externo se interponga en nuestra cotidianeidad, pero tambien respetando la vida de los otros humanos que nos rodean, por lo cual en nuestro caso, la libertad tiene un cerco moral, que vuelve aquel concepto limitante e imperfecto.
Entonces que carajo es el "free jazz" ??

Friends



Justo cuando todos los amigos salen a festejar el impuesto día del amigo, yo no festejo nada y me guardo. Acaso no tengo amigos, es mentira. Acaso no creo en la celebración prepotente, es eso.
Hoy no llamé a nadie, no saludé a nadie, no me acordé de nadie, fue recíproco, y este detalle me hizo sentir muy bien. Para quien escribe el día destinado al amigo es a cada rato, vivo festejando la amistad semana tras semana, como tambien festejo cualquier dia a mi vieja, a mi viejo, a mis hijos etc. etc...
Veo los bares llenos, mesas llenas, risas exageradas, miradas vacías. También en rincones oscuros observo brindis sinceros y pobres en la noche helada. Estos últimos me parecen mas sinceros, pero es solo mi visión, y es probable que me gane la equivocación, como suele pasar casi siempre.
Me sirvo un whisky, pongo un disco de Joe Pass y me olvido de todas mis consideraciones.

miércoles, 13 de julio de 2011

Y vezzz....




Angustiado con mi alma endeble, encaro un escrito del cual no sé nada, de que minusculo lugar de mi cabeza salió, ni en que barranco terminará, me pasa todo el tiempo y sé que no estoy inaugurando ninguna forma de escritura revolucionaria, a grandes personalidades de las letras seguramente le a pasado y le seguirá pasando a otras luminarias representantes de la literatura que estan, de una u otra forma,  mucho mas arriba que yo.
Escribir en el silencio de mi casa es molesto, porque el tecleo revota en la quietud, y a escasos cuatro metros descanza o no, Eli.
La noche, ese enorme útero que día a día me recibe y me da confort. No hay forma amable en la que entienda el día, el día de día, la luz dejando en evidencia todo absolutamente. Las arrugas en la ropa, las ojeras de una noche estupenda, la panza que no se digna a reducir, el calzado viejo, el paso torpe, los ojos tristes. Todo esto,de noche se oculta mejor o no se ve directamente.
Hoy venía bien y despues me fue mal, no tan mal, solo pasaron algunos minimos sucesos para sentirme gris. Todos saben de que hablo.
Entonces decidí, algo radical, juntar toda esa sombra sin sabor y mandarla al sifón. Todos saben de que hablo.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Adulterio-Voltaire




ADULTERIO. No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos. Adulterio significa, en latín, alteración, adulteración, una cosa puesta en lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio. Por eso el que se metía en lecho ajeno fue llamado adúltero, como la llave falsa que abre la puerta de la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccyx, cuclillo, al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. Plinio el naturalista dice 1: «Coccixova subi in nidis alienis; ita plerique alienas uxores faciunt matres». «El cuclillo deposita sus huevos en el nido de otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus amigos.» La comparación no es muy exacta, porque aunque se compara al cuclillo con el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales, el cornudo debía ser el amante y no el esposo.
Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. Efectivamente, los griegos llaman a los bastardos hijos de cabra.
La gente de educación, que no usa nunca términos depresivos, no pronuncia jamás la palabra adulterio. No dice nunca: la duquesa de tal comete adulterio con fulano de cual; sino: la marquesa A tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las señoras comunican a sus amigos o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen: «Confieso que le tengo afición». Antiguamente declaraban que le apreciaban mucho; pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba a un consejero, y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de calidad no aprecian a nadie... ni van a confesarse.
Las mujeres de Lacedemonia no conocieron ni la confesión, ni el adulterio. Verdad es que Menelao probó lo que Elena era capaz de hacer; pero licurgo puso orden allí, consiguiendo que las mujeres fuesen comunes cuando los maridos querían prestarlas y cuando las mujeres lo consentían. Cada uno puede disponer de lo que le pertenece. En casos tales, el marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de otro. Allí todos los hijos pertenecían a la república y no a una familia determina- da, y así no se perjudicaba a nadie. El adulterio es un mal, porque es un robo; pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido de aquella época rogaba con frecuencia a un hombre joven, bien formado y robusto, que cohabitara con su mujer. Plutarco ha conservado hasta nuestros días la canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la mujer de su amigo.
«Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos ciudadanos a Esparta 1»
Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era imposible entre ellos. No sucede lo mismo en las naciones modernas, en las que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.
Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que la mujer se burla con su amante algunas veces del marido. En la clase baja sucede con frecuencia que la mujer roba al marido para dar al amante, y las querellas matrimoniales arrastran a los cónyuges a cometer crueles excesos.
La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar a un pobre hombre hijos de otros, y cargándole con un peso que no debía llevar. Por ese medio, razas de héroes han llegado a ser bastardas. Las mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y por la debilidad de un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes micos han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa, y conservan en el salón de su palacio los retratos de sus falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos, bien formados, llevando un espadón que la raza moderna apenas podría sostener con las dos manos.
En algunas provincias de Europa las jóvenes solteras hacen el amor; pero cuando se casan se convierten en esposas prudentes y útiles; todo lo contrario sucede en Francia; encierran en conventos a las jóvenes y se les da una educación ridícula. Para consolarlas, sus madres les imbuyen la idea de que serán libres cuando se casen. Apenas viven un año con su esposo, desean conocer a fondo el valor de sus propios atractivos. La joven casada sólo vive, se pasea y va a los espectáculos con otras mujeres que le enseñan lo que desea saber. Si no tiene amante como sus amigas, está como avergonzada y no se atreve a presentarse en público.
Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les presentan jóvenes, garantizando que son doncellas; se casan con ellas y las tienen siempre encerradas por precaución. Nos dan lástima las mujeres de Turquía, de Persia y de las Indias, pero son mucho más dichosas en sus serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.
Entre nosotros sucede algunas veces que un marido, disgustado de su mujer, no queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se satisface con separarse de ella de cuerpo y bienes. A propósito de esto, insertaremos una Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Nuestros lectores decidirán si son o no son justas sus quejas.
Memoria de un magistrado (escrita en el año 1764). Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer a quien sedujo un sacerdote antes de su casamiento y que luego dio varios escándalos públicos. Tuvo la paciencia de separarse de ella amistosamente. El magistrado era un hombre de cuarenta años, vigoroso, de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre, y le repugnaba el trato ilícito con una mujer galante, o liarse con una viuda. Encontrándose en la incertidumbre de esta situación, dirigió a la iglesia de su culto las siguientes quejas:
"Mi esposa es criminal, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria para el consuelo de mi vida y para que yo persevere en la virtud, y la secta a que estoy afiliado me la niega, prohibiéndome casarme con una mujer honrada. Las leyes civiles actuales, cimentadas por desgracia en el derecho canónico, me privan de los derechos de la humanidad. La Iglesia me pone en el caso de procurarme placeres que ella reprueba, o resarcimientos vergonzosos que ella condena. Me impulsa a ser criminal.
»Examino todos los pueblos del mundo, y no encuentro uno solo, exceptuando el pueblo católico romano, en los que el divorcio y un segundo casamiento no sean de derecho natural. ¿Qué trastorno del orden hace, pues, que en los países católicos sea una virtud consentir el adulterio, y un deber carecer de mujer, cuando la propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué un lazo podrido es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código: "Quidquid ligatur dissolubile est" (lo que se liga es disoluble). Se me permite la separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el divorcio. La ley puede quitarme mi mujer, y sin embargo me deja un algo que se llama sacramento: no gozo ya del matrimonio, y sin embargo estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!
»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo: "Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra" 1.
»No me ocuparé en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho para violar a su capricho la ley de su Señor; ni del hecho de que cuando un Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo. No trataré tampoco de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o envenenadora debe repudiarse lo mismo que una adúltera. Me concretaré únicamente a ocuparme del triste estado en que me encuentro sumido. Dios permite que me vuelva a casar y el obispo de Roma no me lo permite.
»El divorcio estuvo en uso en los pueblos católicos durante el reinado de todos los emperadores, y lo estuvo también en todos los Estados que se desmembraron del imperio romano. Los reyes de Francia, que llamamos de la primera raza, casi todos repudiaron a sus mujeres para tomar otras. Pero ascendió al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto fue ley para toda Europa, y cuando los reyes quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo según la ley de Jesucristo, tuvieron, para conseguirlo, que valerse de pretextos ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de Crineune, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita de Valois, pretextó una causa más falsa todavía: la falta de consentimiento. Era preciso mentir para divorciarse legalmente.
"Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin permiso del Papa no podrá abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan tan absurda esclavitud?
"Convengo en que los sacerdotes y los frailes renuncien a las mujeres. Cometen un atentado contra la población, y es una desgracia para ellos; pero merecen esa desgracia, porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin patria, que viven únicamente para la Iglesia; pero yo, que soy magistrado, que sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche; y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles estaban casados, Josef también, y yo quiero estarlo. Soy alsaciano, y sin embargo dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el bárbaro poder de privar- se de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla en clase de tiple.»
Memoria para las mujeres. La equidad exige que, habiendo insertado la precedente Memoria en favor de los maridos, pleiteemos ahora en favor de las mujeres casadas, publicando las quejas que presentó a la junta de Portugal la condesa de Alcira. He aquí la sustancia de ellas:
«El Evangelio prohíbe el adulterio a mi marido, lo mismo que a mí; y será condenado como yo. Cuando cometió con- migo veinte infidelidades, cuando dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí a los jueces que le raparan el cabello, que le encerraran en un claustro, ni que me entregaran sus bienes. y yo, por haberle imitado un sola vez, por haber hecho con el hombre más hermoso de Lisboa lo que hace impunemente todos los días con las perdidas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme en el banquillo de los acusados, ante jueces que todos ellos se arrodillarían a mis pies si estuvieran conmigo dentro de mi gabinete. Y es preciso también que en la Audiencia me corten la cabellera, que llama la atención de todo el mundo; que luego me encierren en un convento de monjas, que no tienen sentido común; que me priven de mi dote y de mis contratos matrimoniales; que entreguen todos mis bienes a mi fatuo marido, para que le ayuden a seducir a otras mujeres y cometer otros adulterios. Pregunto si esto es justo, y si no parece que sean los cornudos los que han promulgado las leyes.
»Me quejo con razón; pero responden a mis quejas que debo considerarme feliz, porque no me han apedreado en las puertas de la ciudad los canónigos, los feligreses de la parroquia y todo el pueblo. Eso es lo que se hacía en la primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de Dios, la única que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.
»Pero yo respondo a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que la apedrearan. Por el contrario, les echó en cara su injusticia y les satirizó escribiendo en la arena con el dedo el antiguo proverbio hebraico: "El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra", y entonces se retiraron todos, y los viejos con mayor velocidad, porque como tenían más años, habían cometido más adulterios.
»Los doctores en derecho canónico me replican que la historia de la mujer adúltera sólo se refiere en el Evangelio de San Juan y se insertó en él algún tiempo después. Leontins y Maldonat aseguran que esa historia no se encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares griegos, y que no hablan de ella ninguno de los veintitrés primeros comentaristas. Orígenes, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, Teofilacto y Nonuns no la conocen, ni se encuentra en la Biblia siríaca, ni en la versión de Ulfilas. Esto dicen los abogados de mi marido, que además de cortarme el pelo, quisieran que me apedreasen.
»Pero los abogados que me defienden aseguran que Ammonius, autor del siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si San Jerónimo la rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en una palabra, que se tiene por auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo: «Si no habéis cometido ningún pecado, cortad me el pelo, encerrad me en un claustro y apoderaos de mis bienes; pero si habéis cometido más pecados que yo, a mí me corresponde raparos, encerraros en un convento y apoderarme de vuestra fortuna. La justicia debe ser igual para los dos». Mi marido me replica que es mi superior, mi jefe, que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo como un oso y que, por consecuencia, se lo debo todo a él y él no me debe nada a mí.
»Pero yo pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a su marido? ¿Cómo su marido el príncipe de Dinamarca le obedece ciegamente? Si no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que cometiera con ella alguna infidelidad. Es, pues, evidente que si las mujeres no hacen castigar a los hombres, es porque son menos fuertes que ellos.»
Para juzgar con justicia un proceso de adulterio, sería preciso que fuesen jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita que tuviera voto preponderante en caso de empate.
Pero hay casos singulares en los que no caben las dudas y no nos es lícito juzgar. Uno de esos casos es la aventura que refiere San Agustín en su sermón sobre la predicación de Jesucristo en la montaña.
Septimius Acyndius, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquia a un cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar dos marcos a la mujer del desgraciado si consentía en satisfacer sus deseos.
La mujer fue a contárselo a su marido, y éste rogó que le salvara la vida, aunque tuviera que renunciar a los derechos que tenía sobre ella. La mujer obedeció a su marido; pero el hombre rico, en vez de entregarle los dos marcos de oro, la engañó entregándole un saco lleno de tierra. El marido no puede pagar al fisco y no le queda más remedio que morir. En cuanto el procónsul se entera de la infamia, paga de su propio bolsillo al fisco los dos marcos de oro y manda que entreguen a los esposos cristianos el dominio del campo de donde se sacó la tierra para llenar el saco que el hombre rico entregó a la mujer.
En este caso se ve que la esposa, en vez de ultrajar a su marido, fue dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que San Agustín 1 . Condena decididamente a la pobre mujer.
En cuanto a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas, añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de agradar, para lo que les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría, si nosotros no lo hiciésemos; pero al instinto de la naturaleza añadimos los refinamientos del arte. Cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos merecía el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante diez años y pasado ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle bailando con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las contradicciones?



El loco Voltaire